Palantir y sus fundadores han construido una infraestructura de reproducción ideológica. Desde hace quince años, Thiel ofrece una beca de 200.000 dólares a jóvenes talentos para que abandonen la universidad y creen una empresa. Más allá de una simple incubadora, veo en ello un dispositivo de transformación antropológica en el que se encuentran invariantes de los fascismos históricos: el culto a la juventud como recurso estratégico que hay que encauzar antes de que se vea «contaminada» por las mediaciones liberales; el antiintelectualismo asumido, que arranca a los jóvenes —esencialmente— de las pesadez académicas con el pretexto de la emancipación, pero que sobre todo explota una inmadurez estratégica; la naturalización de las desigualdades, la idea de que el genio se manifiesta temprano y es señal de una aptitud biológica para crear y, por tanto, para gobernar; y una ideología de la velocidad, que valora la acción inmediata y eludir las instituciones como estrategia para eludir la política. La Thiel Fellowship no es una simple ayuda económica: es un lugar donde se fabrican contraélites convencidas, como el propio Thiel, de que la democràcia es una fricción inútil.
Palantir ha
prolongado esta lógica con su propio programa, la Meritocracy Fellowship, que
recluta desde el instituto para, según se lee, «evitar el adoctrinamiento», es
decir, la universidad. Karp, por su parte, ha anunciado la creación de una beca
destinada a personas neuroatípicas. De este modo, da cuerpo a una teoría que
circula en ciertos círculos de la alt right: el weaponized autism, «el autismo
armado», la idea de que las personas supuestamente desapegadas de los afectos
constituirían un brazo armado ideal, mentes que funcionan como algoritmos. Que
Karp retome esta lógica bajo el disfraz de la inclusión dice mucho sobre el ser
humano con el que sueña Palantir y sobre lo que entiende por inteligencia, en
un entorno tecnológico muy sensible al eugenismo.
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