Blog de Juan-Luís Alegret
08/05/2012
31/01/2012
Otras verdades de Spanair

publicado en El Periodico
ALBERT SÁEZ 28 ENERO, 2012Subyacen en las primeras reacciones a la suspensión de la actividad de Spanair dos grandes líneas de interpretación. Para unos se trata del fin de otro sueño -en el sentido de ensoñación- del nacionalismo catalán que ha dilapidado el dinero público y privado para construir una compañía aérea tan absurda como hacer porno en catalán. Para otros estamos ante un nuevo episodio de la voluntad centralista y centralizadora del Estado español que ha asfixiado un proyecto que quería convertir el aeropuerto del Prat en alternativa y no en complemento del hub de Barajas. Lo curioso es que el fin de este sueño -en el sentido de proyecto- tiene algo de las dos cosas aliñadas con una indisimulada pulsión autodestructiva de las élites empresariales y políticas catalanas.
Hace aproximadamente 30 años, en las escuelas de negocios y en los ambientes académicos barceloneses cuajó la siguiente idea: el futuro del conglomerado económico e industrial que conforman Barcelona y Catalunya depende de asegurarse un lugar en la globalización. La manera de conseguirlo no será la industria tradicional sino una suma del turismo -gracias a la masa crítica del sol y playa con el derivado de los Juegos-, los servicios de valor añadido, la celebración de congresos internacionales, la industria del conocimiento, la investigación, etc… De aquella reflexión -compartida por el núcleo duro de la sociedad civil y el mainstream de la clase política- surgieron proyectos que hoy son una realidad: la nueva Fira, el 22@, el sincrotón Alba, el parque biomédico, etc. Ya en aquel entonces se dijo que el proyecto era inviable sin un aeropuerto con conectividad intercontinental. Y se creyó que el problema de tenerla era el tamaño del aeropuerto. De manera que se pusieron manos a la obra para conseguirlo. Sucesivos gobiernos centrales se hicieron los suecos pero cuándo Aznar le dió el sí a Pujol, tardamos tres años en poner en marcha el proyecto porque la ampliación del Prat suponía molestias para los señoritos del club de golf y para los ecologistas de la laguna Ricarda. De manera que la actual T1 se retrasó por culpa a medias de los centralistas de Madrid y de los rentistas catalanes.
Mientras, en Madrid, se erigió en silencio una alianza público privada que convirtió -sin previo aviso- a la T4 en el hub de Iberia, gracias a las multimillonarias inversiones del ministerio de Fomento (Álvarez Cascos), la Comunidad de Madrid (entonces Ruiz Gallardón) y Cajamadrid (entonces Miguel Blesa) que dedicaba los fondos de la Obra Social a invertir en Iberia sin que nadie se escandalizara por semejante intervencionismo político.
De esta manera se vio claro desde Catalunya que la futura competencia entre la T1 de El Prat y la T4 de Barajas iba a ser desigual. Primero porque la segunda iba a estar operativa cuando la primera estaba en fase de proyecto y, segundo, porque Iberia no iba a ser neutral sino que, una vez más iba a confundir España con Madrid. Mientras las excavadoras desviaban el Llobregat y protagonizaban el mayor movimiento de tierras de la obra civil en Europa para salvar los pajaritos de la Ricarda, algunos emprendedores idearon la primera alternativa a Iberia: Vueling, una compañía simpática para que los ejecutivos sin corbata pudieran viajar en los mismos aviones que los turistas de mochila. La cosa atrajo finalmente a un empresario de prestigio y talonario como José Manuel Lara y se preparó -con todo un exministro de España como presidente- para convertirse en la compañía de bandera del Prat. No les podrían negar tener una posición privilegiada en los slots de la futura T1 porque serían la insignia del poder catalán en el nuevo aeropuerto. Pero Iberia fue más lista que ellos y buscó entre la burguesía local con apellidos hipercatalanistas (como los Carulla) para encontar a quienes hicieran de palanganeros. Con ellos crearon Clickair y se pusieron en la lista de futuros concesionarios de las instalaciones aeroportuarias. Vueling perdió glamur y los burgueses emprendedores se fusionaron con los palanganeros con capital mayoritario de Iberia. En Madrid respiraron aliviados: aunque al iluso de Zapatero se le ocurriera traspasar El Prat al descamisado Montilla, Clickair-Vueling tendría la mayoría de los slots para satelizar la T1 a favor de la T4. Y en Barcelona algunos recordaron que se pidió la ampliación del Prat como medio para tener vuelos intercontinentales. Y para ello se necesitaba una compañía que apostara por El Prat como base operativa. Y el conglomerado Vueling-Clickair-Iberia no lo iba a hacer. Se pusieron manos a la obra y, a pesar de la inminente crisis económica, se conjuraron con Gobierno y con la oposición para comprar Spanair, alternativa de Iberia-One World, desde la alianza con Luthfansa. Mientras, los palanganeros siguieron cobrando de Iberia para dar patina catalana a Vueling-Clickair y para denunciar en Bruselas las inaceptables ayudas que recibía Spanair, se supone que incomparables con el hecho de que la Comunidad de Madrid se sentara en el consejo de Iberia. Pero con esta milonga consiguieron que Clickair-Vueling tuviera un trato similar al de Spanair en la concesión de slots en la T1 cuando se inauguró. De esta manera el mayor activo que Spanair podía tener para atraer a su accionariado a los competidores globales de Iberia quedó desactivado. Al tiempo que los palanganeros se vendían a buen precio sus acciones a Iberia y ésta anulaba las conexiones con Europa desde El Prat y dedicaba sus flamantes slots a conectar Barcelona con las capitales de provincia y con la T4 de Barajas. El resto ya lo saben. Spanair no encontró socios y el Gobierno decidió no seguir invirtiendo bajo amenaza de la Bruselas alertada por los palanganeros. Y hoy cada uno a lo suyo: la prensa de Madrid se mofa del porno en catalán, la de Catalunya calla acomplejada y a pasar por Málaga para llegar a Madrid. Y ya tenemos 779.000 parados, 4.000 más que el viernes.
27/12/2011
La privatización de la guerra
PAUL LAVERTY Todos conocemos en qué consiste el ritual del regreso del cuerpo de un soldado muerto en tierra extranjera: música solemne, bandera nacional, escoltas y saludos, recogidos con gran detalle en los medios de comunicación. Políticos y generales tienen palabras de consuelo para los apesadumbrados familiares, muchos de ellos tan jóvenes que con frecuencia tienen bebés en brazos.
Pero no fue eso lo que vivió Deely, la hermana de Robert, un exparacaidista que murió en una emboscada en Irak y cuyo cadáver fue llevado desde Kuwait al aeropuerto de Glasgow. El encargado de la funeraria explicó a Deely que en el avión habían llegado 10 cadáveres, dos de ellos imposibles de identificar. El ataúd de Robert parecía "una gran caja naranja". No hubo ninguna fanfarria, ninguna bandera británica, ningún periodista, ninguna pregunta. Su muerte, que se sepa, no se incluyó en ninguna lista. La razón era muy sencilla: Robert había dejado de ser paracaidista y en el momento de morir era "contratista privado". Algunos les llaman soldados de empresa o asesores de seguridad. Los iraquíes les llaman mercenarios.
La guerra está privatizándose poco a poco y de forma deliberada ante nuestras narices. La caja naranja que sirvió de ataúd a Robert nos lo demuestra, igual que las estadísticas. Patrick Cockburn, un respetado comentarista especializado en la situación de Irak, calcula que, en el apogeo de la ocupación, había alrededor de 160.000 contratistas privados en el país, muchos de los cuales, quizá hasta 50.000, eran personal de seguridad fuertemente armado. La guerra y la ocupación posterior habrían sido imposibles sin su contribución.
Gracias a Paul Bremer, el jefe designado por Estados Unidos para dirigir la Autoridad Provisional de la Coalición, todos esos contratistas gozaban de inmunidad ante las leyes iraquíes, en virtud de la Orden 17, que el Parlamento iraquí se vio obligado a aceptar (y que estuvo en vigor desde 2003 hasta principios de 2009).
A nadie le interesa contar cuántos civiles iraquíes han resultado muertos o heridos a manos de los contratistas privados, pero existen numerosas pruebas que indican que hubo abusos generalizados. La matanza de 17 civiles llevada a cabo por Blackwater en el centro de Bagdad fue el incidente más famoso, pero hubo muchos más de los que no se habló. Un veterano contratista me contó, con la condición de permanecer en el anonimato, que había hablado con un sudafricano que le dijo que matar a un iraquí era igual que "matar a un kaffir (el despectivo empleado en Sudáfrica para referirse a los negros)". Otros contratistas de buena fe, orgullosos desu profesionalidad, me hablaron de la repugnancia que les inspiraba la violencia de "los vaqueros". Si había un contratista involucrado en un incidente que hubiera causado revuelo, su empresa le sacaba a toda velocidad del país. La impunidad por decreto.
Mientras los contratistas de a pie se jugaban la vida y la integridad física en Route Irish, los directivos de esas mismas empresas ganaban fortunas. David Lesar, consejero delegado de Halliburton (el consejero delegado anterior había sido Dick Cheney), ganó algo menos de 43 millones de dólares en 2004. Gene Ray, de Titan, obtuvo más de 47 millones entre 2004 y 2005. J.P. London, de CACI, ingresó 22 millones. Y lo importante siempre son los detalles. Los contratistas privados cobraban al Ejército de Estados Unidos hasta 100 dólares por hacer la colada de un solo soldado. En un informe oficial fechado en enero de 2005, el investigador general especial para la Reconstrucción de Irak, Stuart Bowen, reveló que habían desaparecido más de 9.000 millones de dólares en casos de fraude y corrupción, y eso durante un periodo muy limitado de la Autoridad Provisional. También existió impunidad económica.
Como me dijo un contratista, "el lugar apestaba a dinero". No es extraño que muchos soldados y miembros de las Fuerzas Especiales, mal remunerados, buscaran trabajo en esas empresas privadas, en las que veían una oportunidad única de forrarse.
Pero no solo se forraron de dinero.
Estamos ya acostumbrados a ver imágenes de carnicerías y matanzas allí. Estamos acostumbrados a historias de miles de millones desaparecidos, codicia empresarial, abusos, torturas y cárceles secretas. El detallado cálculo que hacía The Lancet de 654.965 muertos hasta junio de 2006 es casi imposible de concebir. Ahora parece todo convenientemente lejano, tanto en el tiempo como en el espacio. Según dicen, nos ha invadido el hartazgo de Irak.
Pero el allí está volviendo a casa, a Reino Unido y EE UU. Irak está en la mente de nuestros chicos.
Me asombró enterarme, por la organización Combat Stress, que se ocupa de soldados que sufren trastorno de estrés postraumático, que el TEPT tarda en manifestarse, por término medio, alrededor de 17 años. Están preparándose (igual que el Ejército de EE UU) para una enorme avalancha en los próximos años.
Norma, una amable enfermera a punto de jubilarse, que ha pasado años con antiguos soldados, fue quien abrió el camino a esta historia cuando me dijo que "muchos de estos hombres guardan luto por sus viejas identidades". Un antiguo soldado me enseñó un cuadro que había pintado de sí mismo. "Solo quiero recuperar a mi viejo yo", dijo.
La orden 17 se ha revocado en Irak, pero su espíritu sigue dominando: el hedor de la impunidad, las mentiras, el desprecio al derecho internacional, el boicot de los convenios de Ginebra, las cárceles secretas, la tortura, el asesinato, los cientos de miles de muertos. Cuando imagino a los autores intelectuales de todo lo mencionado, Bush, Blair y compañía, con Aznar detrás, cobrando todos esos millones después de sus discursos y sus cenas y sus fundaciones interconfesionales, no puedo dejar de pensar en las enfermeras en Faluya que asisten hoy a los partos de niños con dos cabezas y cuerpos deformes gracias a las bombas químicas arrojadas sobre la ciudad. El regalo que dejamos al futuro.
En un vergonzoso discurso dirigido a los soldados de Fort Bragg el 14 de diciembre de 2011, para conmemorar el fin de la ocupación militar estadounidense, Obama dijo a las tropas entusiasmadas que se iban "con la cabeza alta". Con la mezcla habitual de sentimentalismo e hipocresía que tan bien se les da, lloraron a sus muertos e ignoraron la matanza de iraquíes. En un mundo decente, agacharían la cabeza abochornados, pedirían perdón por su brutalidad y empezarían a pagar compensaciones por los millones de vidas destruidas durante generaciones.