Blog de Juan-Luis Alegret

Blog de Juan-Luis Alegret para compartir lecturas, ideas y sensaciones sobre el estado del mundo y de sus gentes pues no solo hay que saber vivir, sino que también hay que saber donde vives

3 jul. 2016

El temor de los intelectuales a la política

Una "epidemia de conformismo" ha paralizado en los primeros años del siglo XXI la vida pública, donde lo único que importa es el poder del mercado. Los mezquinos intereses personales sustituyen a las voces críticas.  Las dos culturas, el conocido ensayo del científico y novelista británico C. P. Snow, salió a la luz en 1959. Snow defendía ahí la tesis de que el colapso de la comunicación entre las dos culturas de la sociedad moderna -las ciencias y las humanidades- era un freno para la resolución de los problemas del mundo. Medio siglo después, el debate iniciado por Snow ha tomado una nueva forma. El siglo XXI representa, en términos generales, la separación de los intelectuales y la política. Pocas veces habían estado tan alejados los intelectuales y el mundo político.
Los intelectuales críticos son hoy una especie en vías de extinción. Temen la política, y se diría que la política muestra una indiferencia absoluta por todo lo que se pueda denominar intelectual. Hay otros muchos que consideran que nos encontramos ante un declive de lo intelectual. Según ellos, la intelectualidad se ha distanciado de la esfera pública para acercarse a un mundo cada vez más profesionalizado y más empresarial. En otras palabras, los intelectuales están perdiendo su autoridad pública para dirigirse al poder, al tiempo que cada vez son más incapaces de realizar sus funciones de una forma independiente y crítica. Nunca se habían mostrado tan profundamente opuestas la conciencia crítica y la esfera pública.

Parece que los intelectuales de hoy pensaran que puesto que todas las verdades morales son relativas, ya no hay necesidad de ser la voz moral de un mundo sin voz. El afán de ciertos intelectuales de aparentar que lo políticamente correcto y sensato es desestimar la importancia que tienen los imperativos morales en la esfera pública no es más que una forma de hacer coincidir las necesidades humanitarias urgentes del mundo en el que vivimos con las necesidades concretas de su carrera o su ascenso profesional. Asalariados, ocupando cátedras o titularidades permanentes, pensionistas, muchos intelectuales se encuentran encadenados a la rueda de una carrera y una profesión respetables que paradójicamente estanca su capacidad para la crítica en un contexto no conflictivo.
Para ser más precisos, los mezquinos intereses personales han destruido los llamados intereses públicos de los intelectuales. Al olvidarse de la política, rápidamente y sin dejar lugar para el arrepentimiento, muchos intelectuales del mundo actual degradaron y abandonaron la idea de la esfera pública, transformándose en defensores de la cultura de masas carentes de todo sentido crítico. Es en virtud de esta falta de sentido crítico con respecto a la vida pública por lo que los politólogos y los expertos culturales han venido a sustituirlos como actores sociológicos en el mundo contemporáneo. A los intelectuales ya no les interesa reflexionar y debatir sobre los valores, su único interés reside en el comentario de los hechos. Así, con la aparición de la aldea global postindustrial, dominada por las redes mediáticas y la comunicación tecnológica, en las que las voces disidentes suelen estar acalladas, una "epidemia de conformismo" ha paralizado al completo la vida pública, convirtiéndola en una entidad impulsada única y exclusivamente por el mercado.
Para investigar la evolución del compromiso de los intelectuales en la historia europea del siglo XX, tenemos que empezar con el affaire Dreyfus y la aparición de la categoría "intelectual". Pese a las diferentes posturas que cristalizaron durante el affaire Dreyfus, ambas partes estaban de acuerdo en que el intelectual tenía que comprometerse. Uno de los que participó a favor de Dreyfus fue Julian Benda, el filósofo judío conocido fundamentalmente como autor de La traición de los intelectuales, donde afirma que "la labor del intelectual es defender los valores universales, por encima de la política del momento". Para Benda, por consiguiente, el intelectual es un sujeto que opera dentro de un marco moral y se atiene a unos valores trascendentales, libre de las impurezas de la política. Probablemente Zola se merece este honor, no por sus novelas, sino porque llegó a ser un intelectual que atacó la injusticia, el prejuicio y la intolerancia en la esfera pública. De este modo restauró la función que Sócrates había reservado para el filósofo: defender la universalidad de la búsqueda de la verdad y luchar contra la violencia.
El método de Sócrates para dominar la violencia era el uso del diálogo frente a las convicciones políticas. Con su mayéutica -conócete a ti mismo- Sócrates invitaba a los atenienses a interrogarse. Y aunque sea un fin en sí mismo, aprender a interrogarse es también una condición y un punto de partida para cualquier intelectual que quiera obrar honestamente. La honestidad es abrirse a la pluralidad humana; es cobijar la idea, intrínseca al trabajo de un intelectual dialógico, de que cada persona contiene "multitudes", como dice Whitman en su Canto a mí mismo. Todo intelectual necesita de esta multiplicidad, no sólo para conectar con los otros, sino también para ensalzar y valorar, como un elemento constitutivo del mundo, las diferencias que existen entre las personas. La idea de diferencia presupone otro valor igualmente esencial a la condición de intelectual: el respeto.
Una de las tareas del intelectual es pensar en cómo reformar y mejorar la sociedad. Su empeño primordial debe centrarse en la educación cívica de los otros ciudadanos para la responsabilidad que entraña la auto-gobernanza democrática. ¿No perdería todo el significado que tiene para nosotros el valor supremo de la historia si admitiéramos que son muchos los intelectuales que consideran que lo que denominamos examen crítico de la esfera política es un ejercicio fútil? Si no se lee y se ejerce el espíritu crítico, la historia podría convertirse en una simple repetición de los errores humanos. Por el contrario, cuando se comprometen con la historia, los intelectuales no sólo necesitan una mente abierta, sino también crítica, capaz de entender que las verdades pueden ser parciales; una mente que se interrogue continuamente. Lo importante aquí es que la manera de protegerse contra toda tentación de colaboración con el mal es interrogarse y reflexionar con sentido crítico.
Con este planteamiento, la pregunta es: ¿cómo se puede hablar de preservar la ética en la esfera política y de no caer en el mal cuando han dejado de existir los absolutos morales? Poco después de terminada la guerra, en 1945 y en uno de los primeros ensayos que aparecieron al respecto, Hannah Arendt decía que "el problema del mal será el tema fundamental de la vida intelectual en la Europa de posguerra, de la misma manera que la muerte fue el tema de reflexión fundamental después de la Primera Guerra Mundial". Creo que Arendt estaba en lo cierto, sobre todo porque en el mundo de hoy el problema del mal y sus implicaciones políticas constituye un desafío importante para el estatus público y la integridad moral de los intelectuales.
Cierto es que todos somos moralmente responsables de las calamidades e injusticias del mundo en el que vivimos. Pero no es menos cierto que el papel social y político de los intelectuales conlleva una mayor responsabilidad moral. Como señala Max Weber, el compromiso intelectual requiere la ética del héroe, pues hace falta una gran valentía moral para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la esfera pública.
Muchos creen, por supuesto, que ser hoy un intelectual comprometido con la vida pública no es nada del otro mundo, ya que ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo, ningún desafío. Pero, dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor crítica real por parte de los intelectuales, en su función de contrapoderes, ser hoy un intelectual crítico significa también ejercer de conciencia moral del mundo globalizado. Por eso, para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano. Se trata de tener la valentía de alzar la voz en nombre de la no violencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido hoy la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras los humanos sigamos creyendo que la esperanza no es una palabra fútil, los intelectuales no dejarán de ser útiles en todas las sociedades.

20 abr. 2016

Europe Supported by Africa and America


William Blake’s engraving Europe Supported by Africa and America was created for the cover art for J. G. Stedman’s Narrative of a five years’ expedition, against the revolted Negros of Surinam, in Guiana, on the Wild Coast of South America; from the year 1772, to 1777 a travelogue and  published in 1792. The image itself personifies the continents of Europe, Africa and the Americas in the bodies of three young women.  The women are all nubile and seductive in their postures and gazes.  The original manuscript submitted by Stedman had a distinctly anti-slavery bent, and Blake’s engravings reflect the ideas of human equality and fraternity Stedman espoused (the publisher forced Stedman and Blake to edit the work to remove the violent depictions of the depravities of slavery and tone down their political agenda). The planning committee of 1619: The Making of America chose this iconic image to represent our panel on the representations of Native Americans because it is so widely recognized as an iconic image of British colonialism.  Blake’s images of the women as senusal and aloof, inviting and somehow apart highlights both the common bonds of womanhood and the dependance Europe quickly developed for its American and African colonies.  The rope held by the white woman that entraps the two other women is also a powerful symbol of the institution of slavery that bound all three continents together. When the conference planners first started creating the advertisements for the conference, this image on our posters stirred up a lot of controversy on campus.  What do you think about the image? Is it too provocative for an academic setting? Resources: Caroline Parkes, “Art as a Representation of Resistance” Slave Resistance: A Caribbean Study.

18 abr. 2016

Museos de obsolescencia programada

Museos de obsolescencia programada POR ÁNGELA MOLINA. EPS 21 febrero 2016 De todos las catatonías que afectan al individuo moderno, el mal de Stendhal, también llamado “estrés del viajero”, es la que más se parece al sentimiento amoroso. Sus efectos sobre la psique suelen ser devastadores, como tener un retoño de volcán alojado en el pecho. El escritor francés Marie-Henri Beyle, conocido por el seudónimo Stendhal, detalló en un librito de viajes los síntomas que él mismo padeció tras visitar Florencia en 1817: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. En 1989, la psiquiatra Graziella Magherini catalogó la enfermedad, que en su forma más perturbadora podía derivar en un “virulento cuadro psicótico”. Argumentó que frente a una obra particularmente bella, el espectador se sentía depredador/presa, un sujeto/ objeto observado cuyo ojo no sólo era una lente, también un espejo. Por esa función escópica de la mirada, el paciente podría sustraer la obra de su nicho, incluso atacarla. Entre un centenar de casos registrados, destaco el de una mujer que se veía a sí misma dentro de La Santa Cena, depositando una cesta de frutas en el centro de la mesa, justo donde Leonardo había pintado en perfecta simetría a Jesucristo. Hoy la escala de nutrición artística se ha hecho gigantesca y las catedrales del arte se replican como si fueran tiendas de Zara. Somos presurosos turistas, curiosos por todo y por nada. Libres del enfermizo ascetismo cultural, admiramos una alegoría de El Bosco o la Capilla Sixtina desposeídos del contexto que permite la emoción estética. El misterio, el poder mágico y lo espiritual del arte han sido suplantados por el espectáculo de animación cotidiano de los museos en su carrera por ser los más visitados pero, sobre todo, los más nuevos. Las ciudades ya no son un sanatorio sin rival, sino circuitos de pinacotecas en permanente ampliación o sustitución. Para seguir siendo consumidos, necesitan un buen lifting. Nueva York, que había perdido su primacía como centro artístico del mundo, vive hoy su apogeo como la gran manzana que todos quieren mordisquear. Un renacimiento que comenzó en 2004, con la ampliación del MOMA a cargo del arquitecto japonés Yoshio Taniguchi. Diez años después, el director del centro anunció que se había firmado un plan de renovación que conllevaría la demolición del American Folk Art Museum (Museo de Arte Popular Americano) situado en la finca contigua. La reforma, que proporcionará un 30% más de espacio al MOMA, tiene la firma del estudio Diller Scofidio + Renfro. Pero la depredación no acaba ahí. En mayo de 2015, otro de los museos más emblemáticos de Nueva York, el Whitney, trasladó su colección a una nueva sede, el desgarbado pero muy funcional edificio obra del arquitecto Renzo Piano, ubicado en el Meatpacking District. Su antiguo emplazamiento en la avenida Madison –un admirado zigurat invertido que firmó, en 1966, el arquitecto de origen húngaro Marcel Breuer– acogerá provisionalmente a un nuevo inquilino el próximo 18 de marzo: la colección de arte moderno y contemporáneo del museo Metropolitan, que pasará a llamarse The Met Breuer. Todo esto mientras se realizan las obras de ampliación de la segunda pinacoteca más visitada del mundo, alojada en el número 1000 de la Quinta Avenida. El británico David Chipperfield será el encargado de diseñar una nueva ala y ampliar el jardín de la azotea. Los vendedores de arte necesitan nuevos contendedores envueltos en el manto de los Tizianos contemporáneos: Chipperfield, Foster, Koolhaas, Gehry… La obsolescencia programada ha llegado al museo

23 feb. 2016

Provincianos y cosmopolitas

El País (Catalunya)
2 enero 2016

RAFAEL ARGULLOL El cosmopolita quiere saber, mientras que el provinciano global quiere acumular. En 1794 el escritor saboyano, aunque ruso de adopción, Xavier de Maistre escribió un delicioso relato, Viaje alrededor de mi habitación, en el que se describe de modo autobiográfico la vida de un oficial que, obligado por una convalecencia a permanecer 42 días encerrado en su cuarto, viaja con su imaginación por un territorio riquísimo en referencias y en pensamientos. El protagonista del texto es un verdadero cosmopolita, un ciudadano del mundo en el sentido literal, a pesar de que está recluido entre cuatro paredes. Me acuerdo con frecuencia del libro de Xavier de Maistre cuando escucho los balances que muchos hacen de sus travesías del mapamundi en viajes organizados, y en los que se plantea una situación inversa a la del argumento literario de aquél: recorren vastos espacios pero su imaginación —o su falta de imaginación— los atrapa en un territorio pobrísimo, tanto en referencias como en pensamientos. Consumen grandes cantidades de quilómetros aunque, como viajeros, atesoran una escasa experiencia de sus viajes. Son, por así decirlo, la vanguardia de los provincianos globales y, en ningún caso, al contrario del oficial convaleciente de Xavier de Maistre, son cosmopolitas ni aspiran a serlo.
El provinciano global es una figura representativa de una época, la nuestra, que empuja al cosmopolita hacia una suerte de clandestinidad. El cosmopolita, personaje en extinción, o quizá provisionalmente retirado a las catacumbas del espíritu, es alguien que desea habitar la complejidad del mundo. Es un amante de la diferencia, ansioso siempre de explorar lo múltiple y lo desconocido para volver a casa, si es que vuelve, con el bagaje de los sucesivos saberes que ha adquirido. El cosmopolita, al no soportar la excesiva claustrofobia de la identidad propia, busca en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer su origen y sus raíces. El hijo pródigo de la parábola bíblica encarna a la perfección ese anhelo: el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo. El cosmopolita quiere saber.
El provinciano global quiere acumular mientras, simultáneamente, elimina o aplana las diferencias. Hay muchos signos en nuestro tiempo que señalan en esa dirección, sin que se adivine cómo el que todavía posee la vieja alma del cosmopolita pueda oponerse. Por su espectacularidad y por su carácter reciente el turismo de masas es, sin duda, uno de esos signos. Cada vez se elevan más voces proclamando el carácter pandémico de un fenómeno que, paradójicamente, en sus inicios se consideró liberador porque el igualitarismo del viaje parecía la continuación lógica de la creencia ilustrada en el igualitarismo de la educación. Sin embargo, cualquiera que se pasee por las antiguas ciudades europeas o, con otra perspectiva, por las zonas aún consideradas exóticas del planeta, puede percibir con facilidad el alcance de una plaga que está solo en sus comienzos. Los centros históricos de las urbes ya son casi todos idénticos, como idénticos son los resorts en los que se albergan los huéspedes de los cinco continentes. La diferencia ha sido aplastada, dando lugar al horizonte por el que se mueve con comodidad el provinciano global.
Con respecto a la información —otra de nuestras deidades, si no la principal— Heráclito, hace 2.500 años, ya dejó dicho que no proporcionaba la comprensión. No parece probable que variara de posición, deslumbrado por nuestras tecnologías. La misma paradoja que afecta al turismo masivo, enfermo de velocidad y cuantificación, afecta a esa humanidad más informada que nunca pero proclive a la amnesia. Como lo demuestran hechos recientes, tal las guerras de Siria o de Ucrania, es imposible que la llamada opinión pública sepa tan poco de aquello que debería saber tanto en la era de la información total. El provinciano global quiere disponer de resortes informativos, si bien es dudoso que quiera saber. Quizá tampoco está en condiciones de hacerlo. Aquellos que detentan el poder, dirigentes políticos y económicos, están en la misma situación. Cuando a menudo nos lamentamos de la falta de estatistas en la política mundial aludimos, en realidad, al dominio del provincianismo global.
La desfiguración de la cultura cosmopolita puede ser clave a la hora de entender buena parte del desconcierto actual. Lo que hemos denominado globalización, vinculada a las grandes migraciones y a las nuevas tecnologías, ha sido, en parte, un fenómeno fructífero, al poner en relación tradiciones ajenas entre sí y al facilitar nuevas posibilidades frente a la desigualdad; no obstante, paralelamente, ha supuesto una devastación cultural de grandes proporciones al destrozar buena parte del sutil tejido de la diferencia. La uniformidad socava los alicientes que alberga toda visión cosmopolita.
Una de las grandes metáforas de este proceso en nuestra época es la rápida, universal y consentida mutilación de centenares de idiomas en favor de un idioma avasalladoramente hegemónico. Con toda probabilidad, hace solo tres décadas, nadie se hubiese aventurado a insinuar que para participar en un congreso en Lisboa sobre Camões —poeta nacional portugués— había que intervenir en inglés, o que en cualquiera de nuestras universidades se puede asistir al espectáculo de que un profesor explique a Baudelaire o a Goethe en medio inglés a un público estudiantil que entiende el inglés a medias. Y aún menos, desde luego, se hubiese podido imaginar que se llegaría a la situación de que un entero país —Corea del Sur— pretenda alcanzar a poseer el inglés, como nueva lengua propia, mediante el ingenioso método de llevar a las embarazadas a clases en aquel idioma, de modo que el feto pueda ya adaptarse a lo que prima en el cada vez más reducido universo lingüístico. Obviamente no tengo nada contra lo que los cursis llaman “lengua de Shakespeare” sino contra el reduccionismo que, al maltratar a todos los demás idiomas, también empobrece a la propia lengua inglesa: recientemente, un catedrático de Oxford me contaba que, mientras la mayoría de sus colegas apenas conocen otros idiomas que no sean el suyo, los escritores británicos contemporáneos utilizan una lengua drásticamente empobrecida.
Este sería un buen retrato del provinciano global: aquel que aspira a hablar un solo idioma, lo más utilitario posible, sin importarle la destrucción de los mundos que habitan en los otros idiomas; aquel que se mueve continuamente de aquí para allá, obseso coleccionista de imágenes, al tiempo que es incapaz de fijar la mirada, y no digamos el pensamiento, en paisaje alguno; aquel que está permanentemente informado con aludes de noticias y mensajes que sepultan su capacidad de comprensión. Es posible que un individuo de tal naturaleza se considere a sí mismo un cosmopolita. Pero vive en una pequeña aldea que ha confundido con el mundo.
Rafael Argullol
es escritor.

Las brujas como ciencia

Hace 50 años en Ardemil, una aldea del municipio coruñés de Ordes, los que gastaban gafas no inspiraban ninguna confianza. De los cortos de vista había que sospechar, porque podía ser que en realidad tuviesen una “vista muy fuerte” y precisasen de las lentes para contenerla. El mal de ojo, ese presunto superpoder que da la envidia, causaba estragos tremendos en la salud de los hombres y del ganado, y era necesario recurrir a los amuletos y al saber de los curanderos para protegerse. En 1965, un danés larguirucho se presentó en Ardemil becado por la Universidad de Copenhague y otros dos centros científicos de su país. Una investigación suya sobre prácticas brujeriles que se creían extintas en un pueblo de Dinamarca había causado revuelo, y a sus 34 años Gustav Henningsen, antropólogo y folclorista, empezaba a forjarse esa fama de “mayor experto en el estudio de la brujería moderna” que hoy le precede allá donde va. El sonriente Henningsen usaba gafas de pasta, y al principio en Ardemil los vecinos, precavidos, trataron de evitarlo. Tuvo que ganarse a pulso la confianza. Acordarse de saludar siempre diciendo “San Antonio”, una fórmula que parecía limpiar el aire de sospechas. Y sobre todo aprender a preguntar con largos y enrevesados rodeos para llegar al alma de los paisanos sin que saltasen las alarmas. Al final, la mayoría comprendió que sus gafas no eran señal de nada que no fuese miopía: “Como usted no vive del ganado”, justificaban, “no necesita envidiar el de los demás”. Al cabo de 20 meses, regresó a Dinamarca cargado con unas 150 horas de grabación en cinta magnetofónica y 3.196 clichés tomados con su Rolleyflex en esta aldea y en otros lugares de Galicia como el Santuario do Corpiño (Lalín, Pontevedra), escenario habitual de los exorcismos a endemoniados practicados en el seno de la Iglesia Católica. Hace siete años, Henningsen donó sus archivos sonoros a la Universidad de Santiago. Y una parte de sus fotos de rituales para sanar los males causados por meigas y hechiceros se exponen hasta el fin de semana que viene en el también compostelano Museo do Pobo Galego (Galicia Mágica. Reportaje de un mundo desaparecido). Al principio, Henningsen aspiraba a estudiar los paralelismos entre las creencias brujeriles que sobrevivían en su país, las de algún lugar de España y las de Irlanda. Pero sobre la marcha cambió de plan porque, como dice, siempre ha sido “infiel” a sus proyectos. Renunció a Irlanda cuando, al acabar su etapa galaica, se topó en los archivos con la figura fascinante y olvidada del inquisidor Alonso de Salazar, un religioso que llegó a ser acusado de ejercer de abogado de las brujas y que al final logró que las quemas se aboliesen en España 100 años antes que en el resto de Europa. Hace medio siglo Henningsen —casado ya entonces con Marisa Rey, española con la que vive en Sevilla desde que se jubiló de los Danish Folklore Archives— llegó a Galicia de rebote. Su sueño era investigar en el Euskadi de los akelarres, “el territorio más interesante en la historia de la brujería”. Pero antes contactó con Caro Baroja para orientarse, y este le recomendó desplegar su labor científica en el noroeste porque el País Vasco estaba “muy pateado”: Galicia era más desconocida para los antropólogos y sus tradiciones estaban “mejor preservadas”. Así cayó primero en Ardemil, un paisaje diezmado por la emigración. El aparato de radio, colocado en un pedestal, protegido por una cortinilla, era para Henningsen “el símbolo de que aquellas gentes vivían conscientes de que el mundo, a su alrededor, se les había escapado” y ellos quedaban atrás. Desde esta base de operaciones, con sucesivos becarios que le enviaba su universidad, fue documentando todo tipo de ritos, sus gestos, sus palabras mágicas, algunos todavía en práctica 30 años después. Había fórmulas ancestrales para curar todo tipo de males; se podía descubrir al brujo haciendo oscilar un péndulo; y también leer en la ceniza la identidad de quien causaba las desgracias. Aquel que vio Henningsen era un mundo de cerdos con collares y vacas lecheras con diademas cargadas de amuletos. Las de carne no tenían ese problema. Todo el mundo sabía que no despertaban envidia. SILVIA R. PONTEVEDRA, Santiago. El País (Catalunya). 11 enero 2016

10 dic. 2015

La Purísima Concepción

El 8 de diciembre la Iglesia católica celebra el misterio de la Purísima Concepción de María, milagrosamente concebida sin pecado por su madre, la estéril y anciana Santa Ana, según relata el protoevangelio apócrifo de Santiago, texto no reconocido como sagrado por la Iglesia. Este relato amplía y adorna el del escueto Evangelio de Lucas, recogiendo la tradición de Ana y Joaquín, padres de María, en un bellísimo relato de ingenua simbología, críptica y poética. No hay que confundir la concepción de María por su anciana madre, Ana, con la también milagrosa concepción de Jesús por su virgen madre, María, que concibió "sin conocer varón", tras la aparición de un ángel que le anunció que "el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra", según relata el evangelio de Lucas. Desde que la Iglesia se oficializó con Constantino, aquellos textos religiosos se convirtieron en documentos oficiales. Los ingenuos y poéticos símbolos religiosos tradicionales marcharon, desde entonces, inseparablemente unidos a los símbolos bélicos y regios, como doble expresión del poder, garantizando la adhesión incuestionable y acrítica de los fieles súbditos. La antiquísima tradición tardó muchos siglos en alcanzar la categoría de dogma, es decir, en oficializarse canónicamente. Fue el 8 de diciembre de 1854 cuando el papa Pio IX promulgó la epístola Ineffabilis Deus, en cuyo parágrafo 18 afirma que ha sido revelado por Dios, y es de obligatoria convicción para los católicos, que María "fue preservada de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción". Sin embargo su oficialización política y militar tuvo menos trabas, fue más temprana. El 8 de diciembre de 1585 un destacamento de los tercios españoles que combatían en Flandes se vio cercado y en riesgo inminente de ser irremisiblemente aniquilado en un islote del río Mosa, cerca de Empel. Al cavar una trinchera descubrieron una imagen de la Inmaculada. Esa noche un cambio meteorológico congeló el agua del río y esto les permitió burlar el cerco marchando sobre el hielo, y contraatacar por sorpresa acabando con sus enemigos. Para la fe acrítica e incuestionable de aquellos soldados no fue un fenómeno meteorológico del diciembre nórdico, fue un milagro. Por eso la Inmaculada fue declarada protectora y patrona del batallón, y después, de otros muchos. Por ejemplo, uno de los seis batallones de la milicia de gremios que defendió Barcelona en 1714 era el batallón de la Inmaculada Concepción. Carlos III solicitó al papa Clemente XIII que la Inmaculada Concepción de María fuera proclamada Patrona de España, y así sehizo en la bula Quantum Ornamenti, el 25 de diciembre de 1760. Y, completando la militarización patriótica, una real orden de 1892, firmada por el general Azcárraga, ministro de la Guerra del Gobierno conservador de Cánovas, declaraba “Patrona del Arma de Infantería a Nuestra Señora la Purísima e Inmaculada Concepción”, considerándolo conveniente para mantener vivo el sentimiento religioso del Arma de Infantería. Estaba en vigor la Constitución de 1876 que afirmaba que la religión católica, apostólica, romana, era la del Estado. La actual Constitución, de 1978, no afirma la laicidad del Estado, como la francesa, pero en su artículo 16 dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal. Con este rotundo principio deberían quedar neutralizados o derogados todos aquellos nombramientos de patronatos celestiales castrenses y patrióticos, y los representantes de las instituciones excluidos de su presencia oficial en actos religiosos. No obstante, a continuación, la Constitución impone a los poderes públicos que tengan en cuenta las creencias de la sociedad española y mantengan las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. Esta coletilla en el artículo 16, añadida por imposición de Fraga tras fortísima polémica, nos devuelve a los ancestros. Es otra muestra de las peculiaridades de la Transición. Y, así, hoy todavía seguimos viendo a los políticos, y a los militares con uniforme de gala, en misas, procesiones, etcétera. No estaría de más que, con ocasión de estas fechas que unen con un puente festivo la Constitución con la Concepción Inmaculada, nuestros políticos en campaña abordaran el sempiterno problema. En pleno siglo XXI “ya toca” distinguir entre el mandato constitucional de cooperación con la Iglesia desde la independencia aconfesional de las instituciones, y las muestras inaceptables de compromiso confesional y litúrgico, última secuela de aquella tradición ingenua paleocristiana desvirtuada e hipertrofiada tras siglos de oficialización canónica, militar y política. José María Mena fue fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. No estaría de más que, en estas fechas que unen la Constitución con la Inmaculada Concepción, los políticos abordaran la cuestión de la aconfesionalidad del Estado José Maria Mena. El país 8-12-2015

Enseñar

Enseñar Érase una vez un panadero. No cesaba de ensayar harinas para hacer panes cada vez mejores. Diariamente, horneaba miles de hogazas. Entre tanto, estudiosos varios que jamás habían hecho un triste panecillo, escribían sobre el tema. Un día le pidieron que diera la ponencia inaugural en un congreso sobre panificación. "No puedo", les dijo, "ando ocupado haciendo el pan que os comeréis los congresistas". Quien sabe hacer las cosas, las hace; quien no sabe hacerlas, las explica; y quien no sabe ni explicarlas, las enseña. Es un chiste malicioso que cuentan los estudiantes, injusto con tanto profesor competente como hay. Pero descriptivo de la mediocridad real que, a lo largo de la historia, se adueñó de cátedras, tribunales y academias. ¿Quién enseña qué, hoy en día? ¿Qué sabrían de astronomía los oscuros inquisidores que condenaron a Galileo? En la Barcelona de hace un siglo, el cardenal Casañas, poseedor de sólidos desconocimientos en biología, hizo apartar de la universidad al catedrático evolucionista Odón de Buen a fin de preservar su propia ignorancia. ¿Cómo puede ejercerse el magisterio desde la ignorancia? Fácil: con aplomo. El aplomo con que los analistas financieros comentaban un mundo que no entendían antes de que se hundiera en sus narices. ¿Por qué deberíamos confiar en gente que se equivoca tanto, sean obispos, banqueros o catedráticos? Los panaderos de a pie empezamos a cansarnos de tanto yerro exegético de salón. Los postulados sostenibilistas vienen dando en el clavo; los desarrollistas, no. Aprender Quien siempre enseña nunca aprende. Aprender es una actitud. Una actitud ligada a la experimentación, además. Esa es la grandeza del método científico. Todo es revisable, cualquier certidumbre provisional debe ser recomprobada. Aprende el buen panadero que mejora la mezcla ya excelente que ensayó el día anterior. No aprende el académico que refríe especulaciones. Y si paras de aprender, comienzas a ignorar. Aprender cuesta. Para empezar, es un acto de humildad. En segundo lugar, requiere esfuerzo. Esfuerzo, sobre todo, para subvertir los propios convencimientos. Por internet circula un video muy divertido en el que un monje medieval, experto en copiar rollos de pergamino, se enfrenta con un libro encuadernado. Se comporta como un aprendiz de informática ante un nuevo programa que desconoce. Esa es la gracia del gag: el monje no sabe abrir el libro, no sabe cerrarlo, no sabe pasar página... Aprender conlleva desaprender tics y malos hábitos, o buenos hábitos obsoletos. Recibo un e-mail con publicidad anglosajona pasada por un traductor automático: "Ahora usted no tiene la posibilidad de elegir entre su esposa y su satisfaccion bolsillo! Usted puede hacer cualquier reloj para ella, con su gusto y su presupuesto. Es sin duda gracias por su eleccion. Siempre estan listos para un muy importante". Aprender una lengua no es confiarse a un deficiente programa informático. El aprendizaje de las lenguas y de la panificación son "una larga experimentación", que decía Goethe. Una larga, laboriosa y humilde experimentación. El de la sostenibilidad, también. Lo digo porque es una de las cosas más importantes que ahora debemos hacer, en especial quienes ya lo saben todo sobre cuanto no hay que seguir haciendo. Si queremos salir adelante, claro. EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, 1/3/2009 RAMON FOLCH

7 dic. 2015

New York, New York


VIVIR EN NUEVA YORK ES DISFRUTAR COMIENDO EN SOLEDAD FUERA DE CASA, Y COMPRENDER QUE NO ES SINÓNIMO DE FRACASO. Han pasado 11 años desde que en julio de 2004 llegué a Nueva York para vivir. Vivir. Vivir es pagar un alquiler ridículamente caro por un espacio minúsculo, hacer un contrato de la luz, pagar la comunidad, contratar canales de televisión e Internet; comprender la apabullante oferta de los supermercados; desconectar la alarma antiincendios para freír un huevo; acostumbrarse a mirar el canal del tiempo antes de salir de casa; no esperar que los vecinos te saluden en el ascensor, hacerse a la idea de que solo saludarán a tu perro de tal forma que tendrás que darle voz a tu mascota y contestar como si fuera él quien lo hiciera; dar propinas a los 10 porteros para que hagan tu vida fácil o para que no la hagan invivible; dejar el 15% de propina en cada establecimiento sin concluir, cada vez que esa situación se produce, que es
un puto timo; viajar en metro y que la palabra suciedad quede desterrada de tu pensamiento; aprender a pagar a medias en los restaurantes para que no te tomen por idiota o por ilusa; no enfermar jamás y, como todos esos españoles que sobreviven a este lado del océano, haber adquirido la habilidad de reservar sus virus para cuando vuelvas a España en verano; no pensar en que estás sola la mayor parte del día, es un estéril pensamiento español que en esta ciudad no viene a cuento; no pensar salvo en el presente, no engolfarse en la nostalgia; dedicar el tiempo a mirar sin juzgar o a obviar lo que se ve y resulta incómodo; cerrar las fosas nasales cuando te invada la frecuente peste a mierda, ignorar el empalagoso olor a queso fundido, a pizza, a carne especiada, a glutamato y a azúcar; aprender a bufar como bufan aquellos a los que entorpeces el paso; maldecir en voz alta como hace cualquier viajero cuando una vez más se estropea el metro; evitar el contacto visual, no mirar a los locos, arreglárselas para no ver al mendigo que entra y que está meando a tu lado; cambiarte de vagón sin protestar si una situación te supera, no tocar a un bebé que te tiende la mano, no observar a una niña que te hace gracia; aprender a disfrutar comiendo en soledad fuera de casa; familiarizarse con la idea de que la persona que también come sola a tu lado quiera charlar contigo; aprender a tomar una copa en soledad en una barra, no extrañarte si ves a una gran actriz tomando una copa sola en una barra; comprender que la soledad no es sinónimo de fracaso, que es un derecho, igual que lo es ese espacio vital que rodea a cada individuo y que más te vale no vulnerar; mantener las distancias físicas, siempre; no irritarse demasiado con los amigos que pasan dos días en Nueva York y dicen a cada momento, “yo podría vivir aquí”, ¡ja!; ignorar a los que dicen que te envidian por vivir aquí (sobre todo en invierno); no discutir con aquellos que piensan que esta es una ciudad para snobs, no vale la pena tratar de convencerlos de lo contrario; no cabrearte con los que piensan que ya no puedes opinar sobre tu país porque parte del año vives en una ciudad que dicen que es para snobs; aprender a no juzgar a tu vecino por las pintas; ser consciente de que las ricas pueden ir vestidas como mendigas y los fanáticos republicanos como hipsters; saber que hay neoyorquinas programadas para quitarte por todo el morro el taxi que tú has parado, apartarlas de un empujón si es necesario; no dejarse avasallar por neoyorquinos mandones, que son muchos y perciben tu desconcierto y tu debilidad; protestar en cuanto no se te atienda bien; indignarse cuando se te da una mala mesa y te hacen menos caso que al de al lado; no dejar nunca comida en el plato, pedir el doggy bag; perder la vergüenza a llevarte algo que te guste de la basura o de la calle, lo hace todo el mundo; desterrar la palabra cutre del vocabulario, aquí se es ahorrativo, frugal, austero; no criticar a nadie porque gana mucho dinero, nadie lo entenderá; no extrañarse si alguien pregunta de manera directa cuánto ganas; entender que aquí no está mal visto que te paguen bien; hablar abiertamente de lo que cuesta el alquiler del piso o el precio de unos zapatos nuevos; ahorrarte el falso espectáculo de la humildad, esa actitud jamás te hará ganar puntos; no decir
fuck a cada momento como hacen los actores en las películas, fuera del cine no está bien visto; no sufrir por ver a los niños desabrigados, están fortaleciéndose para el futuro; no preguntarse cómo es posible que las chicas lleven sandalias los sábados por la noche en pleno invierno; distinguir a unos judíos de otros, no todos son iguales; advertir cómo la cultura judía ha impregnado la ciudad; ser consciente de que este mundo no se comprende si no se hojea a diario The New York Times; conocer las distintas épocas y capas de la emigración, los flujos italianos, judíos, irlandeses; saber que el único español que cuenta en Nueva York es el de los latinos, no el nuestro; familiarizarse con un operario, “el exterminator”, porque algún día aparecerán ratones en tu cocina; leer novelas, ver películas para constatar que los americanos son maestros en el arte del realismo. Incluso las canciones que expresan los sueños son un calco de lo que desde niños aprendieron a desear.
Podría seguir añadiendo los mil matices que sobre la supervivencia urbana he ido aprendiendo en estos 11 años en Nueva York. ¿Por qué entonces digo adiós a esta ciudad que tanto tiempo me costó aceptar y entender y cuya realidad ahora se me presenta más comprensible? Tal vez sea que la experiencia neoyorquina tiene un límite, y una ha de ser consciente de que a pesar del indudable amor que siente por la ciudad que aumentó tu resistencia y tu tolerancia, y que aun reconociendo la fascinación que siempre provoca, ese final llega cuando merman las energías necesarias para salir a la selva a diario. A no ser que estés dispuesta a esperar el día en que te sientas débil o vulnerable caminando por esas aceras que fueron dispuestas para ser recorridas a grandes zancadas. Pero ese es un papel que les corresponde a los verdaderos neoyorquinos. Yo que lo he sido, un poco, quiero volver a pasear por ella como una turista. Puede que disfrutando únicamente de su imponente belleza, repita lo mismo que tantas veces escuché algo irritada, “yo podría vivir en esta ciudad”
Elvira Lindo. EPS