Blog de Juan-Luis Alegret

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28 ene. 2008

Misa y poder


¿Qué hace que en una visita Papal se lleguen a congregar más de un millón de personas para asistir a la celebración de la eucaristía, en un acto de multitudes solo repetible en contextos deportivos?.

¿Que sentido tiene para el laico, no conocedor de los entresijos de la historia del ritual eucarístico, el hecho de que el actual Papa Benedicto XVI este proponiendo ciertos cambios en la forma y en el fondo de la celebración de la misa?.

¿Que tiene el sacramento de la eucaristía que consigue operar tan vigorosos y profundos talantes y motivaciones entre los fieles? ¿De donde le viene esta fuerza y esta potencia a un rito con tres actores tan desiguales: la comunidad, el/los sacerdotes y las deidades.

Si el Nuevo Testamento reconocía el carácter sacerdotal sólo a Cristo y a la comunidad cristiana como tal, sacerdos solo era el obispo, siguiendo la tradición judía, y sacerdos secundi ordinis eran los dirigentes de las comunidades, que les sustituían en su ausencia y presidían la eucaristía. Así, sacerdocio y eucaristía no llegaban a estar vinculados directamente. La vinculación era entre comunidad y dirigente (de la comunidad) y, a través de ésta, la del dirigente con la presidencia de la eucaristía. Un matiz que es esencial. Esta es la línea defendida por San Agustín cuando niega a los laicos el derecho a presidir la eucaristía. No digamos a la mujer.

La nueva práctica sancionada por el Concilio III de Letrán indica un cambio radical en la relación eucaristía-ministerio. A partir de ese momento, sólo puede realizar el sacramento el sacerdote válidamente ordenado. Entre sacerdote y comunidad de fieles se produjo una ruptura total en relación a la celebración eucarística. La celebración a partir de entonces se reservo al sacerdote ordenado, sin referencia a ninguna comunidad, y capaz de decir misas sin necesidad de la presencia de los fieles. Aquí empieza el distanciamiento.

Para el Concilio Vaticano II el ejercicio de la liturgia es obra de Cristo y de su cuerpo que es la Iglesia, lo que supone la recuperación de la vinculación entre la celebración de la eucaristía y la comunidad cristiana en cuanto tal. Por esta razón, todos los fieles deben participar, por derecho y obligación emanados del bautismo, consciente, plena y activamente en las celebraciones. Aquí yace el fundamento de la obligación moral de todo creyente.

El problema se presenta cuando para que sea posible la participación real se considera necesaria la instrucción en la palabra de Dios, el fortalecimiento en la comunión, la acción de gracias a Dios, y todo ello unidos al sacerdote.

La clase sacerdotal tiene por sí misma la autoridad en la palabra, en la dirección de la comunidad y el poder de la celebración de la misa. Pero en ningún caso el sacerdote es elegido por la comunidad. Es alguien «separado-tabuado», ordenado por el obispo y con capacidad para celebrar la misa en nombre de los fieles.

En línea con el pensamiento de M. Weber, la celebración eucarística, desde sus orígenes, refuerza la identidad del grupo carismáticamente animado por el sacerdote. Los sacerdotes, especialmente los más capacitados y los de más alto rango en los niveles jerárquicos, como los Cardenales Primados o los Presidentes de las Conferencias Episcopales entre otros, detentan además el saber magisterial y el gobierno de la comunidad. Todo esto les cualifica especialmente para la educación y control de las masas. De aquí viene su poder reconocido para ejercer el magisterio en su sentido lato y amplio de magister. ¡Como no se van a atrever y justificar el derecho a interferir en los contenidos de la escuela publica, por ejemplo, rechazando con argumentaciones de orden moral, la asignatura de formación para la ciudadanía¡

Pero, como es propio de las iglesias dirigidas por los sacerdotes, sean los brahmanes hindúes, los levitas judíos o los cristianos, la acción pastoral de cura de almas ignora el sentido de salvación comunitaria, estableciendo así la coartada para la separación entre religión y política, para subrayar el de la salvación individual y la actuación sobre el individuo. En esa actuación cobra importancia primordial el control penitencial en lugar del amor, ya que, mientras aquél sirve al poder, éste remite a la originaria comunidad de iguales. De ahí el peligro para la jerarquía eclesiástica de la “intromisión de los poderes seculares en cualquier forma de “salvación comunitaria”.

Pero dentro de la iglesia europea no existió una única visión al respecto de lo individual o lo comunitario. Las novedades que se introdujeron en la liturgia como fruto de la mentalidad germánica a inicios de la Edad Media, acentuaron los aspectos individuales, mientras la mentalidad mediterránea privilegiaba los aspectos comunitarios. El concepto de unificación de todos los cristianos en Cristo, contenido en la tradición latina en el término «misterio», pasó a significar, a partir de las invasiones germanas, la cosa mediante la cual se alcanza la salvación individual. Es en esa línea que va la tesis de Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Y de ahí el papel, que en los siglos posteriores, iba a tener la salvación individual entre las iglesias protestantes y evangélicas.

Durkheim afirmaba que el rito servia para reavivar los elementos más esenciales de la vida colectiva. Por medio de él, el grupo reaviva la conciencia de sí mismo y de su unidad. Hoy, el mundo evoluciona hacia la ciudadanía universal, bajo el control de poderes centralizados y, al mismo ritmo, van reduciéndose las diferencias, las singularidades y las tradiciones basadas en la sangre o en el territorio.

La violencia fundadora de lo social, generada de las relaciones interpersonales autónomas en la libre circulación de la palabra y los bienes, ahora se halla monopolizada por los poderes establecidos. El cristianismo, y la Iglesia Católica en concreto, han contribuido muy decisivamente en este proceso, ejemplificado muy claramente en su estructura jerárquica, con la supremacía papal, el distanciamiento de la mujer del sacerdocio, y con la obediencia como único instrumento participativos de los creyentes en el gobierno de la iglesia.

Hoy, la palabra y los bienes de la salvación, ya no circulan libremente, ni son patrimonio de la comunidad, sino que son administrados sacramentalmente por la jerarquía. El sistema supone una división según la cual una clase, los sacerdotes, tiene el dominio, y la otra, los fieles, es receptiva y obediente.

El ritual pone de manifiesto esta estructura y la renueva en su repetición diaria. La recomendación de asistir a misa los domingos y festivos, de confesar y comulgar, al menos anualmente, bautizar, casarse sacramentalmente, reactualiza y refuerza la estructura. En la misa se expresa claramente esto mismo cuando, después de la fórmula de la consagración, se pide por el Papa y por el Obispo diocesano, citando sus nombres propios, como cabezas de las iglesias universal y local, mientras se pide genéricamente por los fieles y por su fidelidad a las consignas de aquellos. Siendo así, no es de extrañar que ni los estadios más grandes puedan dar acogida a celebraciones eucarísticas papales como las retransmitidas por todo el orbe cristiano en los últimos años, aunque solo se asista a ellas una vez en la vida.

Ahora habrá que ver si aqui en un futuro, además de asistir a la misa dominical, confesar y comulgar, también será precepto asistir a las manifestaciones callejeras convocadas por la jerarquía en contra de los males del mundo, para que de ese modo se pueda seguir reactualizando y reforzando “la estructura”.

Nota: la mayor parte de ideas para escribir este texto vienen de Gerardo Fernadez. La misa, estudio histórico antropológico. Revista de antropologia social 1:167-192. 1992

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